domingo, 4 de octubre de 2009
En mi barrio la lucha contra la basura se pone religiosa
En mi barrio la lucha contra la basura se pone religiosa.
Ocurre que una esquina se convierte en depósito de basura. Basta que alguien arroje desechos a una esquina cualquiera, generalmente la de un descampado o fábrica, para que luego se convierta en un progresivo basural. Basura que llama más basura. A la esquina van a parar los residuos que no entran en un tacho hogareño (ramas, maderas, cartones, bolsas, muebles viejos, un largo etcétera) , pero también aquellos generados por los talleres cercanos (mi barrio es una zona industrial) Los productores de la esquina-basural son los vecinos cercanos, pero cada tanto se detiene algún vehículo para deshacerse de algo.
Pasan los días y el enojo de los vecinos aumenta en proporción al crecimiento del basural. La montaña de desechos alcanza tamaño alarmante y forma dispar (en especial en época de poda) Muchos de los vecinos preocupados o indignados colaboraron en incrementar la prominencia del basural, pero más se ofuscan ante la aparición constante de foráneos que aportan su basura no menos foránea (es como si se les tocara un delicado nervio de territorialidad)
En el cénit del acumulamiento de enojo y desperdicios, llega el camión recolector del municipio. Cae como maná del cielo y barre con todo. Trabajan con una pala mecánica grande y varias palas manuales, dos o tres hombres, que finiquitan en una hora máximo.
Pasan algunos días o algunas horas y la esquina comienza a recibir nueva basura. ¿Qué ocurre si los vecinos se indignan más de la cuenta, si la basura queda acumulada por demasiados días, si el maná municipal no baja seguido? Se recurre a una medida extrema, se construye una ermita.
Sí, una medida de fuerza religiosa, una barricada de santos y flores y rosarios y rezos. ¿Qué detendrá a los vecinos victimarios seguir arrojando basura en la esquina? La virgen María, opinan los vecinos victimas. Así es que se pide la solidaridad de algún albañil que preste su trabajo, algún corralón que ceda los materiales, alguna santería que done la figura de cerámica llamada “santo”, alguna florería que rinda ofrendas, y se construye el altarcito, modesto pero absoluto, y santo remedio. De ahí en más el ascetismo de la esquina queda asegurado gracias al pequeño reinado medieval del santo atrapado en la ermita, que vigila como un Gran Hermano, pero con los ojos de Dios, clavados en la vecindad y un “no arrojarás basura en esta esquina” como nueva tabla imperante.
Deviene una transformación que es casi literatura. Donde antes había basura ahora hay una ermita con su santo. En la operativa nos corremos un paso de lo explícito, literal, a la metáfora.
Me llama a la reflexión el retroceso histórico y cultural que ocurre en la esquina cuando aparece la ermita, el santo, el rosario, las flores, los pedidos. Gana la Iglesia, y su oscurantismo milenario. Gana la moral. Gana el chantaje. Esa esquina que antes relucía desechos ahora es muerte abismal. Una figura de cerámica difunta hasta el infinito hace de policía de buenos vecinos. En un gesto de aparente inocencia o inercia se asoma la mecánica del sistema en su forma más dura y retrograda. Donde nadie gobierna el vecindado convoca a Dios en su forma más cadavérica y ridícula. Para peor, la gente le reza, se persigna, agradece, se alegra. La esquina limpia, el alma limpia, vecinos felices.
Al santo de la ermita de la esquina rindo mi ofrenda de basura.
Buda y San Expedito
En la ermita que está en la esquina de la fábrica donde trabajo (que es la que me invitó a la reflexión de arriba) conviven felizmente un San Expedito y un Buda. ¿Señal de amistad del catolicismo a otras religiones? Lo dudo. La aparición será responsabilidad de un vecino confundido, o de un chino (no menos vecino), que los hay bastantes. Esa mezcla de iconos religiosos habla del post modernismo que aún sobrevuela.
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